El ámbar no es una piedra; es, como me gusta llamarlo, un fragmento de tiempo petrificado, la luz solar ancestral condensada. Mi fascinación por esta resina me llevó a seguir su ruta, un antiguo camino comercial que conecta las costas bálticas con los palacios de los zares rusos. Este camino no fue solo comercial; para mí, fue mitológico.
Observé que para los antiguos, el ámbar era la lágrima solidificada de las ninfas o la resina de los dioses. Yo misma llevé una pieza, sintiendo su energía. En San Petersburgo, al contemplar el Salón de Ámbar, experimenté la máxima expresión de su belleza, pero también de su fragilidad ante la guerra y el poder. La ciudad de Kaliningrado se convirtió en el centro de mi exploración. Allí, explorando la costa, palpé la historia, desde los caballeros teutónicos hasta la geopolítica moderna.
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