Georgia es la frontera donde el cristianismo antiguo se funde con la fuerza bruta del Cáucaso. Al recorrer la región de Svaneti, con sus torres defensivas medievales que aún presiden los valles, sentí que la piedra hablaba de una resistencia milenaria. Pero el alma de Georgia reside en sus qvevris, las vasijas de barro enterradas donde fermenta el vino siguiendo un método de ocho mil años. Beber vino georgiano no es un acto social, es ingerir la historia de una tierra que ha sobrevivido a todos los imperios.
En Tiflis, la capital, observé cómo la vanguardia arquitectónica convive con los baños de azufre antiguos, creando un diálogo entre lo nuevo y lo eterno. La hospitalidad georgiana, manifestada en la figura del Tamada (maestro de brindis), me enseñó que en esta parte del mundo el huésped es un enviado de Dios. Georgia es el paraíso olvidado donde la tierra y el hombre mantienen un pacto de lealtad inalterado.
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