El viaje a la Antártida no fue turismo; fue un acto de fe en la pureza. Al cruzar el Pasaje de Drake y ver el primer iceberg, sentí que la palabra "blanco" que yo conocía era una mentira. El blanco antártico era una sinfonía de tonos azules. Era un mundo virgen, sin dueño, donde yo me sentí solo una intrusa silenciosa.
El continente me exigió respeto. El hielo me recordó que la comodidad es una ilusión y que la naturaleza siempre tiene la última palabra. El único ruido era el del hielo al romperse y el de los animales. Ver los glaciares retroceder mientras yo los contemplaba fue una lección de conciencia brutal. La Antártida me dio la verdad más hermosa y más dura: su pureza está amenazada por la ignorancia de nuestro mundo.
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